Cuadernos de dibujo (1978-1993)
Este libro es una selección de los dibujos de 25 cuadernos con los cuales el escritor y artista visual Sergio Altesor Licandro trabajó durante 15 años, entre 1978 y 1993. En contrapunto con ellos, hay en el libro 24 textos de sus libros ─poemas, crónicas, apuntes ensayísticos, información fáctica y fragmentos de sus novelas─ que ponen en contexto las 432 imágenes que integran la obra. Además de laboratorio de ideas para su trabajo como pintor y grabador, los cuadernos funcionaron como diarios visuales de sus viajes por diferentes países. En ese sentido documentan, entre otros lugares, el París de mediados de los años 80; el paisaje urbano de Copenhague; la rica variedad de imágenes de las culturas mexicanas precolombinas; el ambiente social de Nicaragua durante la época sandinista; la concentración de gatos callejeros que hacia el fin de la tarde se reunían en el Parque de la Ciudadela, en Barcelona; algunas avenidas de Estocolmo y el interior de los bosques, en las islas de su gran archipiélago. Los dibujos han sido ordenados en series que abarcan temas tales como las ciudades, los bosques, los gatos, retratos de amigos y de desconocidos, París, México, Nicaragua, la cárcel (que el propio autor experimentó durante la dictadura militar en Uruguay) y el amor erótico, entre otros. La variedad de temas coincide a menudo con las novelas y poemas del autor, por lo cual los textos no solo las complementan, sino que establecen con las imágenes un diálogo. El lector encuentra así reflexiones, descripciones o poemas que enriquecen y expanden con palabras el sentido de los dibujos y su propia experiencia estética de la obra.
La edición de este libro ha sido el fruto de una historia particular. En 1994, cuando Altesor Licandro cerró su taller para dedicarse exclusivamente a la redacción de su primera novela (Río Escondido), guardó sus cuadernos de bocetos en una caja de cartón y la selló con cinta de embalaje. No sabía entonces que no volvería nunca a dibujar y que continuaría, en adelante, desarrollando las artes visuales por otros medios, fundamentalmente a través de la escritura. Prácticamente olvidados, los cuadernos permanecieron en esa caja durante 25 años. A lo largo de ese tiempo, tanto en repetidos viajes de una parte a otra del mundo como en mudanzas frecuentes de vivienda, el autor cargó con la caja de cartón como si fuera una reliquia de la que no podía desprenderse. La llevaba a todas partes como se lleva la urna de un ser muy querido cuya muerte no podemos aceptar, nos negamos a dar sepultura y a dejar atrás. Pero una noche de agosto de 2019, establecido al fin durante años en un lugar tranquilo, recibió el mensaje de un amigo que le pedía ilustraciones para una publicación digital. Lo pensó un momento y recordó la caja que estaba metida en el fondo de un estante. Se dirigió a ella, limpió el polvo que la cubría, desgarró la cinta resecada por el tiempo que la sellaba y al abrirla encontró nuevamente los 25 cuadernos de dibujo. Al hojearlos se desplegaron frente a él, casi con la sorpresa de verlos por primera vez, multitud de historias que lo conmovieron. Los dibujos iban desde el detalle casi naturalista a la abstracción más esquemática, y de la violencia más cruda a la ternura más serena. Permaneció horas mirando aquellos dibujos como si nunca los hubiera visto antes, entretenido como si leyera una historieta que describía el mundo y entusiasmado con una vitalidad cuyos registros emocionales iban, como en un tren andino, del vértigo a la contemplación. Recién entonces comprendió que el sacrificio de haber cargado tanto tiempo esa caja por el mundo había tenido un sentido; si nunca había sepultado la urna era porque su interior estaba lleno de vida. Tomó de inmediato la decisión de publicar esos dibujos. Compartir esa vida con los demás cerraba un gran círculo, hecho con las piezas sueltas de