Catorce poetas que beben capuchino es una antología de poesía experimental, una travesura literaria orquestada con inteligencia y sabor. Es un libro con tueste.
El prólogo, firmado por el escurridizo Emerich Vogl, no presenta: convoca, juega, abre un carnaval de registros donde cada voz se encarna sin pedir permiso, en clave capuchina.
Cada poema, biografía, nota y epígrafe responde a una partitura invisible. Como un barista que emulsiona la leche al punto exacto y dibuja con ella una flor sobre el café, el autor real -sin mostrarse- firma en la espuma y deja su aroma.
Ayer, en Slate Cafe, donde suelo corregir pruebas con un doble espresso, me pareció ver a Emerich Vogl, con su gabardina, lo seguí, pero se perdió en la espuma del otoño. Regresé y ordené un capuchino y decidí creer que una sola mano podía invitar a la mesa a Marjorie Ross, Alfonso Chase, Paola Valverde Alier, Dennis Ávila, Minor Arias Uva, Leda García, Laura Vásquez, Andrés Briceño, Cristy Van Der Laat, Gustavo Solórzano-Alfaro, Diego Mora, Angélica Murillo, Jorge Arturo Mora y Nidia Marina González Vásquez. Emerich Vogl me ha dejado una nota en el Madison Square Park, quizá un mapa, o un poema.
No sé en qué momento dejé de editar y empecé a formar parte del juego del humo y la taza.
Quizá eso nos pasa a quienes editamos con el oído abierto al riesgo, al misterio, a las siluetas que dibuja la niebla.
Soy la lectora que cayó con los ojos abiertos, atenta a una voz que no se firma y que, quizá, me eligió a mí para ser leída.
Y al final ya no sé quién escribió este libro.
En alguna tarde del primavera, quizá, Emerick Vogl nos lo confiese.