Si se piensa que cada vida humana contiene un instante donde toda laexperiencia y todos los valores se condensan en un repentinoconocimiento, el universo de tiempo que nos rodea resplandecería comouna Vía Láctea con tales epifanías, a veces entusiásticamenteluminosas, más a menudo amargamente apagadas pero siempre con unbrillo de clarividencia humana. En medio de ellas hasta se podríanintuir agujeros negros, destinos tan negros e inexplicables que noconsiguen emitir luz alguna. Si pudiésemos captar estos diferentestestimonios, ¿cómo sonarían? Es cosa del poeta responder a estapregunta. Es un desafío que hace tiempo formulé en un poema:"íPréstame tu voz!". Los instantes que pudieran recrearse de esamanera formarían una fila sin fin, una historia sin pretensiones,anotada en el margen de la Historia que se escribe con mayúscula.Podríamos decir que un catálogo de esas características comenzó a serelaborado hace más de dos mil años por los anónimos poetas griegos que prestaron su voz a muchos muertos en la llamada antología griega opalatina. Yo mismo llevo muchos años camino de este poemario. Por